RIVACOBA: CREACIÓN, APLICACIÓN Y ENSEÑANZA DEL DERECHO POSEEN NATURALEZA POLÍTICA.

Manuel De RIVACOBA.
 

"La determinación legal de las penas consta de dos momentos, o pue­de ser entendida de dos maneras; las dos, en realidad, de naturaleza política.

   Optar por determinados valores que comparte o habrá de asumir una sociedad organizada en Estado [1]  proponerse con arreglo a ellos determi­nados fines de significación colectiva, dictar normas de conducta que preserven aquellos valores y realicen estos fines, disponer o aspirar a disponer del monopolio del poder o de la fuerza social [2]  para imponer el cumplimiento de tales normas y hacerlas efectivas con independencia y aun en contra de la voluntad de sus destinatarios, o sea, de los obligados por ellas, y, en concreto, establecer las conminaciones penales para las conductas que conculquen dichas reglas y, así, atenten contra semejan­tes valores y frustren semejantes fines, es, sin duda, una tarea de ius dare y, más ceñidamente, de crear Derecho penal. Ahora bien, la creación del Derecho es siempre una función política. Mas no sólo el ius dare, tiene naturaleza política; también el ius dicere, e incluso en el ius docere hay o late, insoslayablemente, una toma de posición política. La naturaleza política de la creación jurídica ha de repercutir por lógica en las actividades complementarias de aplicar el Derecho y de enseñarlo. Por la índole de éste, no existe, en cuanto le concierne, la asepsia política; y todas las actitudes que pretenden eludir este hecho, es decir, todas las actitudes que se proclaman o se sienten neutrales, o son hipócritas o son inconscientes. Y, como se comprenderá, la función política en que con­siste la creación del derecho alcanza por igual o más al que aconseja que al que legisla, al asesor que al legislado [3]".

NOTAS:

[1] Al respecto hemos dicho en otras ocasiones: Se podría hablar de las valoraciones dominantes, no siempre en el sentido de más extendidas, sino en el de contar con el poder para imponerse o imponerlas y hacerlas efectivas –sea por el simple empleo de la fuerza, por el temor, el respeto o la convicción que infundan o por reflejar realmente estados de opinión mayoritarios— dentro del grupo, es decir de la colectividad”.

[2] Asimismo tenemos puntualizado: Entiéndase como fuerza material o, más ampliamente, como toda situación de superioridad e imposición social, que comprende, por supuesto, la fuerza material, pero también otras más refinadas y con frecuencia más eficaces, como las que proporcionan el hábito en el comportamiento o las técnicas de persuasión o determinación de conductas, sea por simpatía, por sumisión acrítica o por miedo e inclusive por acción subliminal.

[3] Acerca de esto, cfr. Rivacoba, Técnica y política en la reforma penal (en la revista Doctrina Penal, Buenos Aires, año 11, número 44, octubre-diciembre de 1988, pp. 635-639), p. 638.
... 

[RIVACOBA. De “La dosimetría en la determinación legal de las penas”. Revista de Derecho Penal y Criminología, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, número 4, Madrid, 1994, págs. 747 y ss.]. 

RIVACOBA: LABOR DOGMÁTICA Y FUNCIÓN JUDICIAL. LA DOGMÁTICA NO PUEDE ENCERRARSE EN CONJUNTO DE NORMAS DEL ORDENAMIENTO.


Manuel de RIVACOBA aportó una amplia concepción y enfoque de la dogmática, superando sus limitaciones conservadoras.
   Y tuvo clara la naturaleza política de la creación, la aplicación e –incluso- la enseñanza del Derecho.

DOGMÁTICA NO PUEDE ENCERRARSE EN CONJUNTO DE NORMAS DEL ORDENAMIENTO.

“[…] una auténtica dog­mática no puede desconocer u olvidar los fundamentos del ordenamiento en que se ocupa, ni los condicionamientos que lo configuran, ni, por tanto, puede prescindir de con­siderar y tener presentes en sus tareas unos y otros. Con su habitual sagacidad escribió Dorado en 1907 ‘que un código no es sino una doctrina o concepción traducida exteriormente para que sirva de regla’. En efecto, la dog­mática, para ser tal, y no una exégesis presuntuosa o una reelaboración temerosa del ordenamiento, o sea, para al­canzar verdadera dignidad científica y posibilitar una aplicación adecuada y proficua de las diversas institu­ciones que lo componen, no puede encerrarse en el conjunto de normas que lo integran, sino que tiene que mirar y escrutar antes, bajo y alrededor de él, e incluso, con in­quietud prospectiva, hacia adelante, coronando la recons­trucción crítica del ordenamiento que y como es con la propuesta políticocriminal de lo que y como debe ser; la cual, aun cuando no llegue a plasmarse en una nueva realidad jurídica, no deja por ello de ser dinámica y fecunda y de contribuir a la evolución y creación del De­recho”.

[RIVACOBA. Del Prólogo de “Función y aplicación de la pena”, Depalma, Buenos Aires, 1993].



“Aunque siempre he sostenido que el estudio del Derecho puni­tivo empieza por la dogmática, pero que no puede satisfacerse ni quedarse en ella entendida en sentido tout court, lo que no pasaría de ser una exégesis disimulada o presuntuosa, sino que por su propia entidad lleva a y desemboca en la política crimi­nal y sólo entonces alcanza su plenitud, y también, por otra par­te, que la dogmática, como en el fondo cualquier ciencia, si bien quizá con mayor vehemencia que muchas otras, demanda una fundamentación filosófica, y, además, en su caso, por tratarse de un menester y un saber de cultura, una fundamentación his­tórica, siempre he estado y me he manifestado, más que llano, dispuesto para e interesado por las faenas dogmáticas”.

[RIVACOBA. Del Prólogo a su libro “Las causas de justificación”, Hammurabi, Buenos Aires, 1996].



 

ENRIQUE ZULETA PUCEIRO. CIENCIA JURÍDICA Y COMPROMISO DEL JURISTA.


Sobre la dogmática y la protección del régimen imperante.
Sobre el jurista y su papel.

“Se trata, en defi­nitiva, de que el Estado y la ciencia jurídica imperante
asu­man plenamente las contradicciones del contexto social y el alcance lógico de sus axiomas y teoremas de base. Si la deci­sión es, en sus contenidos y en su sentido, política, debe asumir tal condición en todas sus proyecciones e implicaciones.
El jurista se encuentra inevitablemente comprometido por sus circunstancias vitales  y su respuesta no puede sino acu­sar una relación igualmente comprometida con los presu­puestos ideológicos subyacentes al acto legislativo objeto de interpretación”.


El trabajo siguiente es uno de siete artículos elaborados por
Enrique ZULETA PUCEIRO,
datados en 1979, y publicados en el año 1980 por Edeval, reunidos en un volumen titulado
“Aspectos actuales de la teoría de la interpretación”.


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CIENCIA JURÍDICA Y COMPROMISO DEL JURISTA

La revuelta del pensamiento jurídico contra la tradición dogmática adopta signos diversos, condicionados casi siempre por la atención exclusiva de alguno de los problemas no re­sueltos en el paradigma de ciencia establecido. Tanto el mo­vimiento de restauración de la tópica clásica, representado por Viehweg, como la teoría de la representación de Perel­man, la teoría de la controversia de Giuliani, la tópica herme­néutica de Müller, la hermenéutica existencial de Gadamer, la lógica de "lo razonable" de Recaséns o la argumentación jurídicamente razonable de Kriele, apuntan hacia una supera­ción de los límites estrechos impuestos por el modelo positi­vista a la actividad de la ciencia. Las tendencias contemporá­neas —escribe M. Villey— no se orientan ya hacia la construcción de un método o una teoría de las fuentes del derecho, tal como "deberían ser" en función de principios preconcebi­dos -como lo hicieron Savigny, Ihering o Kelsen— sino ha­cia una descripción del comportamiento normal de os juristas tal cual es [1]. En última instancia, lo que se cuestiona es la idea de una ciencia que, buscando en la pureza metódica el camino hacia una independencia de toda opción ideológica, renuncia a constituirse en una guía para la práctica.

   Desde una perspectiva diferente, la crítica a la dogmá­tica se orienta hacia un nuevo politicismo jurídico, de índole similar al que ocupó el panorama de las orientaciones anti­formalista en la segunda y tercera década de este siglo, sobre todo en Italia y Alemania, aunque divergente en lo que a sus supuestos ideológicos se refiere. Su signo predominante es el de un intento de fundamentar una teoría marxista del derecho, acudiendo al mismo tiempo a la temática de la crisis de las democracias en la moderna sociedad industrial.

   Deben recordarse ante todo los análisis efectuados en su tiempo por Cerroni, Bobbio o Poulantzas, entre otros, acerca de la inexistencia de una preocupación teórica consistente respecto al derecho dentro de la tradición marxista. Las cau­sas de este fenómeno escapan por el momento al interés de este trabajo y se refieren, posiblemente a los propios fundamentos de la idea marxista del hombre y la sociedad. No me­nos importante es la incidencia de la propia praxis política de los movimientos socialistas, ya que considerado el derecho como un instrumento de la clase dominante, su conceptualización científica carece de interés. Sólo interesa su trata­miento ideológico, acorde con la función del derecho como instrumento reforzador de ciertas y determinadas relaciones de producción [2].

   Bobbio subraya con acierto el interés preponderante si no exclusivo de los teóricos del socialismo por los problemas concretos de la conquista y conservación del poder, de donde provendría la importancia otorgada a la cuestión del partido, en detrimento de un análisis profundo de los problemas del Estado. En una segunda instancia operaría la creencia persistente de que el Estado y el derecho son fenómenos de transi­ción, condenados a desaparecer con el advenimiento de la sociedad sin clases [3]. El auge de los "revisionismos" ha signi­ficado una reversión de la situación apuntada. Puede afirmarse que la recusación de la "hipóstasis economicista" ope­rada por los teóricos de la primera generación soviética, la "reducción políticopragmática" operada por los partidos que trabajan dentro de la democracia burguesa, o la "simplifica­ción reduccionista" del diagnóstico de la situación actual del Estado democrático, con posiciones ampliamente difundidas dentro del actual debate interno del marxismo [4].

   Una de las manifestaciones más importantes del neopoli­ticismo contemporáneo, está dada por la tendencia de quienes, renunciando a la tarea de fundamentar una posible dogmá­tica alternativa o sustitutiva, propugnan un uso diferente de la dogmática tradicional, tendiente a dinamizar las contradic­ciones existentes en el sistema y de acelerar así el tránsito hacia formas democráticas superadoras del orden burgués.

   Se trata por tanto de un "uso alternativo" del derecho, concebido como propuesta teórico-práctica, de utilización del derecho y las instituciones vigentes en una dirección eman­cipadora. Se trata —escribe M. Saavedra— de proyectar y realizar una cultura y una práctica jurídica alternativas a la cultura y a la práctica dominantes, a fin de que, sin romper la legalidad establecida, privilegiar en el plano jurídico -y particularmente en el judicial— unos determinados intereses o una determinada práctica social: los intereses y la práctica social de aquellos sujetos jurídicos que se encuentran sometidos a relaciones sociales de dominación [5].

   Frente a la dogmática tradicional, los partidarios del neopoliticismo jurídico denuncian la pretendida objetividad y neutralidad del derecho y la ciencia jurídica. Se afirma así la primacía de la política como praxis emancipatoria frente al fetichismo del derecho escrito y su pretensión de afirmar una regulación justa de las relaciones sociales que encubra la do­minación de clases. El Estado de la sociedad post industrial alienta en su seno una antinomia irresoluble a partir de sí misma: la que enfrenta a los principios de la teoría democrática, afirmada por la revolución burguesa —expresada por ejemplo en las cláusulas constitucionales consagratorias del "principio de apertura de las decisiones"— con la doctrina del liberalismo económico —determinante, por ejemplo, de orien­tación garantista, pragmatista e individualista de los códigos y leyes sustantivas—. Se trata, por tanto, de "reconducir la interpretación jurídica progresista directamente al desarrollo de las contradicciones sociales, postulando la necesidad y la legitimidad de una praxis radical, volcada a la transforma­ción de la sociedad" [6].

   La cuestión de la interpretación se sitúa, pues, en el pri­mer plano de la atención. Lo que se pone en tela de juicio es el dogma de la apoliticidad y neutralidad de la función del jurista-intérprete. Toda interpretación es esencialmente polí­tica, y como tal debe ser asumida par la ciencia. El juez y en general el jurista no son otra cosa que catalizadores de una estructura social radicalmente contradictoria. Su misión no puede sino asumir dicha contradicción, con conciencia de que la utilización alternativa del derecho y las instituciones es un momento más en la lucha de clases. Todo intento de relegar al jurista-intérprete a una función puramente descriptiva de las relaciones en conflicto presentes a su consideración, o de limi­tar al ámbito de sus decisiones al del statu quo imperante, debe ser juzgado como una actitud políticamente comprometi­da con la conservación del orden recibido.

   Al igual que el orden jurídico en que se produce, la decisión cobra el sentido de los valores que procura actualizar. El “uso alternativo" —escribe De Giovanni— no es otra cosa que el punto de vista de quienes están empeñados en un es­fuerzo definido y organizador de construcción de un poder democrático, consciente de la crisis imperante y de sus posi­bilidades de cara a la transformación [7]. No se trata  —añade por su parte P. Barcellona— de hacer la revolución con el derecho, sino de reconducir la interpretación jurídica progre­sista directamente al desarrollo de las contradicciones sociales, postulando la necesidad y legitimidad de una praxis so­cial volcada a la transformación de la sociedad [8].

   El acento no recae ya en la naturaleza de la actividad interpretativa, sino en el uso que cabe dar a los instrumentos de la dogmática heredada. No se intenta, por tanto, la supe­ración de los límites de ésta en su aspecto técnico, sino de revestir sus presuposiciones implícitas. Al igual que en el modelo dogmático, la decisión es el campo de expresión de la lucha de intereses y los conflictos ideológicos. No se trata, pues, de intentar racionalizar lo que es por esencia irracional; no se trata de reivindicar para la razón lo que la voluntad de poder ha convertido en producto de acciones y reacciones de fuerza. Lo contrario implicaría recaer en un moralismo jurídico como el que sirve de base ideológica al Estado burgués y a su plexo de libertades formales [9].  Se trata, en defi­nitiva, de que el Estado y la ciencia jurídica imperante asu­man plenamente las contradicciones del contexto social y el alcance lógico de sus axiomas y teoremas de base. Si la deci­sión es, en sus contenidos y en su sentido, política, debe asumir tal condición en todas sus proyecciones e implicaciones. El jurista se encuentra inevitablemente comprometido por sus circunstancias vitales y su respuesta no puede sino acu­sar una relación igualmente comprometida con los presu­puestos ideológicos subyacentes al acto legislativo objeto de interpretación.

   En la base de esta concepción opera la convicción de -que los tribunales ejercen en las sociedades burguesas una doble función. En primer lugar, actúan como instrumento de repre­sión y control social institucionalizado, garantizando el orden establecido. En segundo lugar, operan como lo que en la terminología establecida por Althusser, podría denominarse "aparato ideológico del Estado" [10]. En este segundo aspecto, la justicia actuaría como instrumento de inducción del con­senso sobre los valores y las ideas de las clases dominantes. La propuesta de un "uso alternativo del derecho" intenta que­brar la lógica del sistema precisamente en este punto, propug­nando un compromiso del jurista en sentido opuesto al que su extracción de clase y formación profesional le indican.

   Planteada en estos términos, la crítica neomarxista a la ideología de la interpretación heredada de la tradición dogmática, se concreta en una consagración de la ideología en la interpretación [11]. En esto, no difiere sustancialmente del pa­radigma científico del positivismo, ya que la idea del carácter puramente instrumental del derecho y las instituciones conti­núa siendo un presupuesto implícito no discutido. Bajo la, opi­nión de que las instituciones son susceptibles de una inter­pretación políticamente condicionada, y en un sentido hasta opuesto al de origen, alientan ideas como las de la neutralidad valorativa del quehacer científico, la del juez como un servi­dor del orden establecido y la de la neutralidad frente a todo intento de desviar el sentido de la interpretación en función de presuposiciones ideológicas o preferencias personales. Lo que en última instancia se esboza como terreno de compro­miso política es el ámbito de la decisión, puesto que es allí donde los instrumentos jurídicos, axiológicamente neutrales, son enfocados en una dirección inequívocamente política. No por ello queda saldada, la cuestión pendiente de la decisión ni la necesidad de una relación satisfactoria entre teoría y praxis.

   La función del jurista-intérprete trasciende el ámbito de la política para proyectarse en un sentido claramente parti­dista. A través de su compromiso militante en la tarea de transformación estructural de su sociedad, asume como pro­pias las contradicciones del sistema, al menos tal como las mismas quedan representadas subjetivamente en el marco de su ideología personal. En este punto, el empeño alterna­tivista recibe un posible apoyo adicional en la moderna revalorización de la función del prejuicio [12]. Si la acción y el cono­cimiento quedan orientados normativamente por una especie de "precomprensión" o convencimiento previo del agente, so­cial e históricamente determinado, es posible entonces pensar a la decisión del jurista-intérprete como una expresión de una justicia de clase y, en este sentido, como una justicia de parte.

   La crítica no va dirigida, pues, contra, las inconsecuen­cias del neutralismo valorativo profesado por la dogmática, sino a favor de una asunción decidida de las mismas, procu­rando su instrumentalización en favor de una opción política definida. La raíz voluntarista del paradigma científico posi­tivista es reconocida y llevada hasta sus extremos lógicos. In­terpretar es reconocer un sentido que viene ya en la norma, como un dato elaborado o una respuesta anticipada de modo general acerca de lo que debe entenderse válidamente por "derecho". Aplicar es plasmar en la realidad el compromiso del jurista-intérprete con sus propias opciones ideológicas, ha­ciéndose cargo de los conflictos de la sociedad en que vive.

   Con ello se proclama un reconocimiento deliberado del carácter no racional de la tarea aplicativa y la incapacidad de la ciencia para ofrecer un esquema objetivo y contrasta­ble de los problemas de la decisión. El dilema que se plantea —común, por otra parte, al resto de las ciencias humanas—queda esbozado por Habermas en los siguientes términos: "¿Cómo es posible el conocimiento del contexto de la vida so­cial en relación con el obrar político? ¿Cómo y en qué medida puede ser aclarado científicamente, en una situación política dada, aquello que es prácticamente necesario y objetivamente posible? ¿Cómo puede ser realizada la promesa de la política clásica de orientar prácticamente sobre aquello que en justi­cia se debe hacer en una situación dada, sin renunciar, por otra parte, al rigor científico del conocimiento que la moderna filosofía social reivindica para sí, en contraste con la filoso­fía social práctica de los clásicos? Y viceversa, ¿cómo puede realizarse la promesa de la filosofía social de un análisis teó­rico del contexto de la vida social, sin renunciar, por otra par­te, a la actitud práctica de la filosofía clásica? [13].

   La propuesta alternativista ignora estos dilemas. Su es­fuerzo se centra en la generación permanente de nuevos espa­cios operativos. Sus límites —explica L. Ferrajoli— no son límites de derecho, sino de hecho; no de legitimación jurídica sino de poder político. No consisten en obstáculos de natura­leza lógica o técnica, sino en las resistencias que el poder constituido organiza necesariamente para su conservación [14]. Las distinciones tradicionales de la dogmática entre derecho y política, ciencia y técnica, legislación y jurisdicción, objetividad y subjetividad e interpretación y aplicación, quedan su­peradas en un planteamiento radical que intenta una solución a los problemas de la razón en la decisión a través de la eliminación del primero de los términos. Frente al carácter esencialmente político de la interpretación —se insiste— ca­ben sólo dos alternativas: o bien se insiste en los tópicos for­malistas de la autonomía de la esfera jurídica y, consiguiente­mente, de la posibilidad de una ciencia no contaminada de elementos valorativos, o bien se acepta de derecho la natura­leza política de la actividad jurisdiccional. En el primer caso, se ejercerá de hecho una función no menos política de conser­vación del orden vigente --sea cual sea el sentido ideológico o político de éste— En el segundo, se abre al menos la posibilidad teórica y práctica de una respuesta comprometida a las necesidades de la transformación social [15].


NOTAS:

[1] VILLEY, M.: Philosophie du Droit. París, 1979, II, p. 24.

[2] CERRONI, N.: Il problema delta teorizazione dell'interpretazione di classe del diritto borghese, en BARCELLONA, P. (comp.) L'uso alternativo del diritto. Bari, 1973, I, p. 3. cfr. también su ¿Existe una ciencia política marxista? en VVAA: El marxismo y el Estado. Barce­lona, 1977, pp. 73 y ss. En sentido concordante, BOBBIO, N.: ¿Qué socialismo? Barcelona, 1977, p. 33, POULANTZAS, N.: El problema del Estado capitalista, en su Sobre el Estado capitalista. Barcelona, 1977, pp. 130-131, y en el Prefacio a VVAA: La crise de l’Etat. París, 1976, más matizado y desarrollado en Estado, poder y socialismo, cit. pp. 16-19.

[3] BOBBIO, N.: ¿Existe una doctrina marxista del Estado?, en VVAA, El marxismo y el Estado, cit., pp. 27-28.

[4] CERRONI, U.: ¿Existe una ciencia política marxista?, cit., pp. 73-76.

[5] SAAVEDRA, M.: Interpretación jurídica y uso alternativo del dere­cho, en LÓPEZ CALERA, N., SAAVEDRA LÓPEZ, M. e IBÁÑEZ, P.A. Sobre el uso alternativo del derecho. Valencia, 1978, p. 40. Asimismo, se han desarrollado estos puntos de vista, en sentido crítico, en ZULETA PUCEIRO, E.: Los factores políticos en la interpretación del derecho, en Jurisprudencia Argentina, Nº  5041 (1978), pp. 1-7; Mar­xismo y neopoliticismo jurídico, comunicación al Congreso Mundial de Filosofía Cristiana. Córdoba, 1979; Droit et po­litique. A propos de la place des ideologies dans I'interpretation du Droit, comunicación al IV Congreso de la IVR. Basilea, 1979.

[6] BLANKE, Th.: Interpretazione alternativa del diritto del lavoro, en BARCELLONA, P. (comp.) Op. cit., I, p. 19.

[7] DE GIOVANNI, B.: Significato e limiti del "riformismo giuridico", en Op. cit., I, p. 267.

[8] BARCELLONA, P.: Introduzione, a Op. cit., I, pp. XXII y XXIII.

[9] Debe recordarse la idea expuesta por Marx en carta a Ruge en 1843 de que frente a la irracionalidad de las condiciones sociales existen­tes, la tarea de la crítica pasa por una asunción de los contenidos utópi­cos inherentes al proyecto revolucionario .de la burguesía, puesto que es a partir del conflicto interno en el Estado moderno cuando puede desarrollarse la verdad social en toda su amplitud. "La razón —escribe Marx— ha existido siempre, sólo que no siempre de forma sensata". Cfr. Ed. K. MARX (H. J. Lieber ed.) Darmstadt, 1962, I, p. 448. Asi­mismo el comentario que a este texto agrega WELLMER, A.: Teoría crítica de la sociedad y positivismo. Barcelona, 1979, pp. 89-90. También el ya clásico BLOCH, E.: Droit naturel et dignité humaine. París, 1976, part. pp. 208-212.

[10] ALTHUSSER, L.: Escritos. Barcelona, 1974, pp. 184 y ss. Es de interés asimismo SENESE, S.: Aparato judicial y lógica del sistema, en VVAA: Política y justicia en el Estado capitalista (P. A. Ibáñez ed.) Barcelona, 1978, pp. 154-159.

[11] Según una distinción propuesta por VIOLA, F.: Ideologia e inter­pretazione del diritto nell'esperienza italiana, en VIOLA, F., VI­LLA, V. y URSO, M.: Op. cit., p. 173.

[12] Sobre todo en el pensamiento de GADAMER, H. G.: Op. cit., pp. 344-370. En el terreno de la teoría jurídica, los avances más signi­ficativos en este punto corresponden a ESSER, J.: Vorverstaendnis und Methodenwahl in der Rechtsfindung., Frankfurt, 1972, caps. III y IV, y Dogmatik zwischen Theorie und Praxis, en VVAA: Seminar: Die Hermeneutik und die Wissenschaften (GADAMER, H. G. y BOEHM, G. eds.). Frankfurt, 1978, pp. 235-238.

[13] HABERMAS, J.: Prassi politica e teoria critica della societá. Bolonia, 1973, p. 81; cfr. en el mismo sentido HENNIS, W.: Op. cit., pp. 27, 69, 99, 156, 157 de la ed. esp. Buenos Aires, 1973; BRUNNER, O.: Nuevos caminos de la historia social y constitucional. Buenos Aires, 1976; ZULETA PUCEIRO, E.: Dimensiones prácticas del saber jurídico, en Ethos, 2-3 (1974-75), pp. 223-238. Un panorama general, en KRIELE, M.: Recht und praktische Vernunft. Goettingen, 1979, pp. 17-35.

[14] Intervención, en L' uso alternativo del diritto, cit., II, p. 292.

[15] ZULETA PUCEIRO, E.: Droit et politique… cit., p. 4.


Enrique ZULETA PUCEIRO (inserto en el volumen “Aspectos actuales de la teoría de la interpretación”, Edeval, Valparaíso, 1980, págs. 55 a 63.





MAGISTRADAS ÍNTEGRAS Y REALIDAD SOCIAL.

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Entrevista a Amaya Olivas: "Para mí, ser jueza, pasa en primer lugar por conocer la realidad social".
   Magistrada, jueza de lo social de Barcelona, ha escrito diversos artículos e impartido conferencias denunciando la profundización del sistema legal represivo del Estado español, implementado a la medida de la aplicación de las políticas neoliberales que desmontan el Estado social.
  Uno de sus libros sobre esta temática es Los derechos sociales como derechos justiciables: potencialidades y límites, dirigido por Gerardo Pisarello, junto a Aniza García Morales. También ha participado en el libro Un largo Termidor. La ofensiva del constitucionalismo democrático, de la Editorial Trotta, 2011, junto a Gerardo Pisarello, Xavier Domènech y David Casassas.

   Muchos españoles anhelan que Amaya sea el futuro de la realidad judicial.

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CRIMINALIDAD ENCUBIERTA: Envenenamiento, consorcios mineros y conducta gubernamental.


Emisiones de mercurio de la mega minería de oro a cielo abierto en América Latina. Los casos de Dayton Oro (Andacollo) y La Coipa (Copiapó).

Por el Observatorio Latinoamericano de Conflictos Ambientales (OLCA). 2012.
 
   “No obstante, el hecho de que la mega minería metálica lleve más de dos décadas operando en el continente aporta evidencia suficiente sobre la relación mega minería de oro y emisión de mercurio. Es lamentable que sean muestras de sangre, muertes por afecciones respiratorias, daños neurológicos, los que se constituyan en la prueba de la presencia de mercurio, toda vez que las autoridades y las empresas estaban en condiciones de prever el daño que producirían y lo desconsideraron.
   Los daños que el mercurio causa a la salud y al medio ambiente son indiscutibles y están suficientemente probados y por ello es urgente promover mecanismos efectivos de control de emisiones y mecanismos de transparencia de la información relacionada a este tema, cuando menos en las zonas  mineras, directamente afectadas por esta amenaza”.

La Criminología crítica.


En su texto “Elementos de Criminología” (Edeval, Valparaíso, 1982), Manuel de Rivacoba dedicó un capítulo completo para reseñar la Criminología crítica (Sección tercera, Capítulo XIV).
   La caracteriza cuestionando la realidad y la intelección usuales de lo criminológico y lo penal, opresivas y alienadoras de los seres humanos, y proponiéndose, a través de una captación consciente de ellas y mediante un proceso de acción colectiva, cambiarlas y lograr para todos una existencia liberadora en una sociedad igualitaria (pág. 222).
   Elena Larrauri también es fuente confiable para conocer el estado de dicha valiosa orientación. Su estudio, La herencia de la criminología crítica, posee, además, una lúcida presentación, brindada por Stanley Cohen.


 
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DARIO FO, PREMIO NOBEL 1997: "CONTRA JOGULATORES OBLOQUENTES".


DARIO FO
La Conferencia del Premio Nobel 1997:
"Contra jogulatores obloquentes".
"...Hemos tenido que aguantar el abuso, los asaltos de la policía, los insultos y la violencia, y es Franca quien ha tenido que sufrir la agresión más atroz.
Ella ha tenido que pagar más profundamente que cualquiera de nosotros, con su cuello y miembro en el equilibrio, por la solidaridad con el humilde y el golpeado, como ha sido nuestra premisa."


Discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura.





Los dibujos que les estoy enseñando son míos. Se les han repartido copias de los mismos, ligeramente reducidos. Durante cierto tiempo tuve la costumbre de utilizar imágenes cuando preparaba algún discurso: en lugar de escribirlo, lo ilustro. Esto me permite improvisar, ejercitar mi imaginación, y obligarles a ustedes a utilizar la suya.
 
  A medida que avance, les indicaré de cuando en cuando donde estamos en el manuscrito. De ese modo no perderán el hilo. Les será de especial ayuda a los que no entiendan ni el italiano ni el sueco. Los que hablan inglés tendrán una enorme ventaja sobre el resto, ya que imaginarán cosas que yo no he dicho ni pensado jamás. Desde luego, tendremos el problema de las dos risas: los que entiendan el italiano se reirán de inmediato, los que no, tendrán que esperar la traducción al sueco de Anna Barsotti. Y luego están los que no sabrán si reír en la primera ocasión o en la segunda. De cualquier modo: empecemos.
Señoras y señores, el título que he elegido para esta pequeña charla es "contra jugulatores obloquentes", que todos ustedes reconocerán como latín, latín medieval, para ser exactos. Es el título de una ley promulgada en 1221 en Sicilia por el emperador "ungido por Dios" al que en la escuela se nos enseñó a ver como un soberano extraordinariamente ilustrado, un liberal.
  "Joculatores obloquentes" significa "bufones que insultan y difaman". La ley en cuestión permitía a todos los ciudadanos insultar a los bufones, golpearles e incluso -si estaban de humor- matarles sin correr el riesgo de ser juzgados y condenados por ello. Me apresuro a asegurarles que esta ley ya no está en vigor, por lo que puedo proseguir sin peligro.
  Señoras y señores, algunos amigos míos, distinguidos hombres de letras, han declarado en diversas entrevistas a la radio o a la televisión: "Sin duda, el mayor premio lo merecen los miembros de la Academia Sueca por tener el coraje de conceder este año el Premio Nobel a un bufón". Estoy de acuerdo. El suyo ha sido un acto de valentía que raya la provocación.

  Basta pasar revista al alboroto que ha provocado: sublimes poetas y escritores que normalmente ocupan las esferas más encumbradas y que rara vez se interesan por aquellos que viven y se afanan en planos más humildes, se han visto sacudidos por una suerte de torbellino. Como ya he dicho, aplaudo y coincido con mis amigos. Estos poetas habían alcanzado ya alturas parnasianas cuando ustedes, con su insolencia, les hacen caer tambaleándose a tierra, donde se dan de bruces con el lodo de la normalidad. Insultos y exabruptos se lanzan ahora contra la Academia Sueca, contra sus miembros y sus parientes hasta la séptima generación. Los más enardecidos claman: "¡Abajo el rey... de Noruega!". Parece que, en su obcecación, confunden una dinastía con otra. Hay quien aterrizó de mala manera, magullándose sus partes bajas. Hay informes que atestiguan que los nervios y el hígado de ciertos poetas han sufrido terriblemente. Durante un par de días, no había farmacia en toda Italia que pudiera proporcionar un tranquilizante. Pero, queridos miembros de la Academia, es hora de admitir que esta vez se han pasado. Quiero decir, venga ya, primero le dan el premio a un negro, luego a un escritor judío, y ahora a un payaso. ¿Qué pasa? Como dicen en Nápoles: ¿pazziàmme? ¿Han perdido el seso?

  También la alta clerecía ha sufrido sus momentos de locura. Diversos potentados -importantes partidarios del Papa, obispos, cardenales y prelados del Opus Dei- se han subido por las paredes hasta el punto de solicitar la habilitación de la ley que permitía quemar en la hoguera a los bufones. A fuego lento.



  Por otra parte, les puedo decir que hay un gran número de personas que se regocijan conmigo de su decisión. Y por ello quiero darles las gracias más festivas en nombre de una multitud de mimos, bufones, payasos, volatineros y cuentistas. Y hablando de cuentistas, no debo olvidar los de la pequeña ciudad junto al lago Maggiore donde nací y me crié, una ciudad con una rica tradición oral. Estaban los viejos cuentistas, los maestros vidrieros que nos enseñaron a mí y a otros niños el oficio, el arte de tejer fantásticas tramas.

  Les escuchábamos estallando en carcajadas, carcajadas que se helaban en nuestras gargantas cuando comprendíamos la trágica alusión que se escondía tras cada sarcasmo. Aún recuerdo la historia de la Roca de Caldé. "Hace muchos años", comenzó a relatar el viejo vidriero, "allá arriba, en la cumbre de ese escarpado acantilado que se eleva sobre el lago, había una ciudad llamada Caldé. Resultó que esa ciudad se encontraba sobre un espigón suelto de roca que lentamente, día tras día, se deslizaba hacia el precipicio. Era una ciudad espléndida, con su campanario, una torre fortificada en el punto más alto y un racimo de casas, una junto a otra. Es una ciudad que una vez estuvo allí y que ahora no está. Desapareció en el siglo XV.


   >>"Eeh", gritaban a sus habitantes los campesinos y pescadores que vivían en el valle."Os estáis resbalando, os vais a caer". >>Pero los habitantes del risco no les escuchaban, incluso había quien se reía y se burlaba de ellos. "Os creéis muy listos tratando de asustarnos para que salgamos corriendo de nuestras casas y de nuestra tierra, y haceros con ellas. Pero no somos tan tontos". >>De modo que siguieron cuidando sus viñedos, arando sus campos, casándose y haciendo el amor. Iban a misa. Notaban que la roca cedía bajo sus casas, pero no le daban importancia. "La roca, que busca su sitio. Es normal", decían tranquilizándose unos a otros. >>Y la roca estaba a punto de hundirse en el lago. "Cuidado, cuidado, ya tenéis el agua por los tobillos", les gritaba la gente desde la orilla. "Tonterías, son los manantiales subterráneos; es que hay un poco de humedad", decía la gente de la ciudad y así, sin prisa pero sin pausa, la ciudad entera fue engullida por el lago. >>Glu...glu...plaf...se hunden...casas, hombres, mujeres, dos caballos, tres burros...¡iiiiaaaa!...glu. Impertérrito, el sacerdote escuchaba la confesión de una monja: "Te absolví... animus...santi...glu...Aame...glu...". La torre desapareció, el campanario se hundió con campanas y todo: Ding...dong...pam...plof...


  "Incluso hoy, prosiguió el viejo vidriero, si miras al agua desde ese saliente, y si en ese mismo momento estalla una tormenta y los rayos iluminan el fondo del lago, podrás ver -¡por increíble que parezca!- la ciudad sumergida con sus calles intactas, e incluso a sus habitantes caminando de un lado a otro y repitiéndose a borbotones: "No ha pasado nada". Los peces se pasean delante de sus narices, incluso se les meten en los oídos. Pero ellos simplemente los apartan: "No hay nada de que preocuparse. No es más que algún tipo raro de pez que ha aprendido a nadar en el aire". >>"¡Achís!" "Salud" "Gracias...hay algo de humedad hoy, más que ayer...pero por lo demás todo va bien". Han llegado al mismo fondo del lago, pero en lo que a ellos respecta, nada ha ocurrido".

  Aunque sea inquietante, no se puede negar que una historia como ésta aún tiene algo que decirnos. Les repito, les debo mucho a estos vidrieros míos, y ellos -se lo aseguro- les están enormemente agradecidos a ustedes, miembros de esta Academia, por el reconocimiento de uno de sus discípulos. Y expresan su gratitud con una exuberancia explosiva. En mi ciudad natal la gente asegura que la noche en que llegó la noticia de que uno de sus cuentistas había recibido el Premio Nobel, un horno que había permanecido inactivo durante cincuenta años estalló de pronto en un arco iris de llamas, lanzando al aire -cual traca final- una miríada de astillas de vidrio de colores que luego aparecieron flotando en la superficie del lago exhalando una impresionante nube de vapor.


  Mientras aplauden tomaré un trago de agua. (Volviéndose hacia la intérprete:) ¿Quiere un poco? Es importante que hablen ustedes mientras bebemos, porque si tratan de oír el borboteo del agua, nos atragantaremos y empezaremos a toser. Así que, en lugar de eso, pueden ustedes intercambiarse lindezas como << Oh, qué tarde más agradable, ¿no le parece?>>. Fin de la interrupción: pasemos a la siguiente página, pero no se preocupen, a partir de ahora iré más rápido.


   Más que otros, esta tarde son ustedes acreedores del solemne y expresivo agradecimiento de un extraordinario maestro de la escena poco conocido, no sólo en Francia, en Noruega o en Finlandia, sino incluso en Italia. Y, sin embargo, hasta Shakespeare fue sin duda el mejor dramaturgo de la Europa del Renacimiento. Me refiero a Ruzzante Beolco, mi mayor maestro junto con Molière: ambos actores y dramaturgos, ambos destinatarios del escarnio de los hombres de letras de su época. Sobre todo, se les despreciaba por llevar a la escena la vida cotidiana, las alegrías y la desesperación de la gente común; la hipocresía y la arrogancia de los ricos y los poderosos, y la injusticia incesante. Y lo que no les podían perdonar era que, al contar estas cosas, hacían reír a la gente. La risa no agrada a los poderosos. Ruzzante, el verdadero padre de la Commedia dell'arte, también creó un lenguaje propio, un lenguaje por y para el teatro basado en una variedad de lenguas: los dialectos del valle del Po, expresiones en latín, español, e incluso alemán, mezclados con sonidos onomatopéyicos de su propia invención. Es de él, de Beolco Ruzzante, de quien aprendí a liberarme de la escritura literaria convencional y a expresarme con palabras masticables, con sonidos inusuales, con diversas técnicas de ritmo y respiración, e incluso con el habla absurda y laberíntica del "grammelot".


  Permítanme que le dedique una parte de este prestigioso premio a Ruzzante.
Hace unos días, un joven actor de gran talento me dijo: "Maestro, debería tratar de proyectar su energía, su entusiasmo, a la gente joven. Tiene que entregarles el relevo. Tiene que compartir su experiencia y sus conocimientos con ellos". Franca -mi mujer- y yo nos miramos y dijimos: "Tiene razón". Pero, si enseñamos a otros nuestro arte y compartimos esta carga de fantasía, ¿de qué servirá? ¿Adónde conducirá? En los últimos meses, Franca y yo hemos visitado varias universidades para dirigir una serie de talleres y seminarios con jóvenes. Nos ha sorprendido -por no decir inquietado- descubrir su ignorancia de los tiempos que vivimos. Les referimos los juicios en curso en estos momentos en Turquía contra los supuestos culpables de la masacre de Sivas. Treinta y siete intelectuales demócratas de ese país, que se habían reunido en una ciudad de Anatolia para rendir homenaje a un famoso bufón medieval del período otomano, fueron quemados vivos al amparo de la noche, atrapados en su hotel. El incendio fue obra de un grupo de fundamentalistas fanáticos que disfrutaban de la protección de algunos miembros del propio gobierno. En una noche, treinta y siete de los artistas más celebrados del país, escritores, directores, actores y bailarines kurdos, fueron aniquilados. De un solo golpe, estos fanáticos aniquilaron a parte de los exponentes más relevantes de la cultura turca. Miles de estudiantes nos escuchaban. La expresión de sus caras revelaba su asombro e incredulidad. No habían oído hablar de la masacre. Pero lo que más me impresionó es que ni siquiera los profesores presentes conocían el hecho. Ahí tenemos a Turquía, en el Mediterráneo, casi enfrente, insistiendo en unirse a la Comunidad Europea y, sin embargo nadie había oído hablar de la masacre. Salvini, conocido demócrata italiano, tenía razón cuando observó: "La extendida ignorancia de lo que ocurre es el mayor bastión de la injusticia". Pero este desconocimiento de los jóvenes les ha sido insuflado por los que tienen la obligación de educarles e informarles: entre los ignorantes y los inconscientes, los maestros de escuela y otros educadores merecen mención de honor.
Los jóvenes sucumben fácilmente al bombardeo de banalidades y obscenidades gratuitas a que diariamente los someten los medios de comunicación de masas: desalmadas películas televisivas donde en el lapso de diez minutos se ven expuestos a tres violaciones, dos asesinatos, una paliza y una colisión múltiple de diez vehículos sobre un puente que acaba derrumbándose, tras lo cual todos -coches, conductores y pasajeros- se precipitan al mar...sólo una persona sobrevive a la caída, pero no sabe nadar, de modo que se ahoga, entre los vítores de una masa de curiosos que de pronto irrumpe en la escena.
En otra universidad representamos una parodia sobre un proyecto -ahora en vías de ser realizado- de manipulación de material genético, o, para ser más precisos, la propuesta del Parlamento Europeo de admitir el derecho de patente de organismos vivos. Percibimos claramente que el tema provocaba un escalofrío entre los presentes. Franca y yo les explicamos cómo nuestros eurócratas, impulsados por poderosas y ubicuas multinacionales, están preparando un plan digno del argumento de una película de horror y ciencia ficción titulada "El hermano cerdo de Frankenstein". Están tratando de conseguir la aprobación de una directiva que (¡no se lo pierdan!) autorizaría a las industrias a adquirir la patente de criaturas vivas, o de partes de ellas, creadas con técnicas de manipulación genética que parecen sacadas de El aprendiz de brujo.


  El procedimiento es el siguiente: manipulando la información genética de un cerdo, un científico logra humanizar en cierto modo al cerdo. De este modo resulta mucho más fácil extraer del cerdo el órgano elegido -un hígado, un riñón- y trasplantarlo al hombre. Pero para asegurarse de que los órganos del cerdo no son rechazados, es necesario transferir al hombre ciertas partes de la información genética de dicho cerdo. El resultado: un cerdo humano (muchos de ustedes dirán que ya hay muchos). Y cada parte de esta nueva criatura, de este cerdo humanizado, está sujeta a nuevas leyes de patentes, y quien desee una parte de él tendrá que pagar los derechos de copyright a la empresa que lo "inventó". Las enfermedades derivadas del trasplante, monstruosas deformaciones, infecciones...todo ello constituye opciones incluidas en el precio... El Papa ha condenado rotundamente esta monstruosa hechicería genética. La ha tachado de ofensa contra la humanidad, contra la dignidad del hombre, y se ha molestado en subrayar la ausencia total e irrefutable de valor moral del proyecto. Lo sorprendente del caso es que, mientras esto ocurre, un científico americano, un mago notable -seguramente habrán sabido de él por los periódicos- ha logrado trasplantar la cabeza de un mandril. Les cortó la cabeza a dos mandriles y las intercambió. No puede decirse que los mandriles estuvieran en su mejor momento después de la operación. De hecho, les dejó paralizados, y ambos murieron poco después, pero el experimento funcionó, lo que es una gran cosa. Pero, y aquí está la dificultad: este Frankenstein de nuestros días, un tal profesor White, ha sido distinguido entretanto con el título de miembro de la Academia Vaticana de las Ciencias. Alguien debería advertir al Papa. Así que representamos estas farsas criminales ante los chicos de las universidades y se desternillaron de risa. Decían de nosotros: "Son la monda, se inventan las historias más fantásticas". Ni por un momento intuyeron siquiera que las historias que les contábamos eran ciertas. Estos encuentros han fortalecido nuestra convicción de que nuestra tarea es -coincidiendo con la exhortación del gran poeta italiano Savinio- "contar nuestra historia".

  Nuestra misión como intelectuales, como personas que se suben a un estrado o a un escenario y que, lo que es aún más importante, se dirigen a la gente joven, nuestra misión no es simplemente enseñarles un método, cómo usar los brazos, cómo controlar la respiración, cómo usar el estómago, la voz, el falsete, el contra campo. No basta con enseñar una técnica o un estilo: tenemos que enseñarles lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Tienen que ser capaces de contar su propia historia. Un teatro, una literatura, una expresión artística que no hable de su propio tiempo no tiene relevancia.


  Hace poco participé con muchas otras personas en una conferencia donde intenté explicar, especialmente a los participantes más jóvenes, los entresijos de un caso judicial italiano particular. El caso original ha dado lugar a siete juicios distintos, cuyo resultado ha sido la condena de tres políticos italianos de izquierda a veintiún años de prisión cada uno, acusados de haber asesinado a un jefe de policía. He estudiado los documentos del juicio -como hice cuando preparaba la Muerte accidental de un anarquista- y en la conferencia relaté los hechos pertinentes, que en realidad son bastantes absurdos, incluso grotescos. Pero en cierto momento me di cuenta de que estaba hablando en el vacío, por la sencilla razón de que mi audiencia ignoraba no sólo el caso, sino lo que había ocurrido cinco años antes, diez años antes: la violencia, el terrorismo. No sabían nada de las masacres perpetradas en Italia, de los trenes volados, las bombas en las plazas o los grotescos juicios que se han celebrado desde entonces. Lo que resulta terriblemente difícil es que, para hablar de lo que está ocurriendo hoy, tengo que empezar por lo que pasó hace treinta años y luego ir avanzando. No basta con hablar del presente. Y, fíjense bien, esto no ocurre sólo en Italia: lo mismo ocurre en todas partes, en toda Europa. Le he intentado en España y me he encontrado con la misma dificultad; lo he intentado en Francia, en Alemania; aún tengo que intentarlo en Suecia, pero lo haré. Para concluir, déjenme compartir esta medalla con Franca. Franca Rame, mi compañera en la vida y en el arte, que ustedes, miembros de la Academia, citan en su razonamiento de la concesión del premio como actriz y autora, ha intervenido en muchos de los textos de nuestro teatro. En estos momentos, Franca está actuando en un teatro en Italia, pero se reunirá conmigo pasado mañana. Su vuelo llega a mediodía; si quieren, podemos ir todos a recibirla al aeropuerto. Franca tiene un agudo sentido del humor, se lo aseguro. Un periodista le hizo hace unos días la siguiente pregunta: "Bien, ¿qué siente al ser la esposa de un Premio Nobel? ¿Qué siente al tener un monumento en su casa?" A lo que respondió: "No me preocupa, ni lo considero una desventaja en absoluto; llevo mucho tiempo ensayando. Cada mañana hago mis ejercicios: me pongo a gatas, y así me voy acostumbrando a ser el pedestal de un monumento. ¡Y soy bastante buena!". Como les he dicho, tiene un agudo sentido del humor. A veces incluso dirige su ironía contra sí misma. Sin ella a mi lado, donde ha permanecido ya toda una vida, jamás habría realizado el trabajo que ahora consideran digno de este honor. Juntos hemos planeado y puesto en escena miles de obras, en teatros, fábricas ocupadas, en sentadas en universidades, incluso en iglesias no consagradas, en cárceles y en parques, bajo el sol y la lluvia, siempre juntos. Hemos tenido que soportar abusos, asaltos de la policía, insultos de los bienpensantes y violencia. Y es Franca la que ha padecido la agresión más atroz. Ha tenido que pagar más caro que ninguno de nosotros, con su propia integridad física, la solidaridad con los humildes y los derrotados que ha sido siempre nuestra premisa.

  El día en que se anunció que se me iba a conceder el Premio Nobel me encontraba frente al teatro de la Vía di Porta Romana, de Milán, donde Franca, junto con Giorgio Albertazzi, representaba El demonio con tetas. De pronto me vi rodeado de un enjambre de reporteros, fotógrafos y cámaras de televisión. Un tranvía que pasaba por ahí se detuvo inopinadamente, el conductor se bajó a felicitarme, y entonces los pasajeros hicieron lo mismo y se pusieron a aplaudir; todos querían estrecharme la mano y felicitarme...cuando, de pronto, se pararon y, al unísono, gritaron: "¿Dónde está Franca?".
  Empezaron a aullar "Francaaaa", hasta que, poco después, apareció. Estupefacta y con lágrimas en los ojos, bajó a abrazarme. En ese momento, como caída del cielo, apareció una banda tocando sólo instrumentos de viento y tambores. Estaba formada por chiquillos de todos los rincones de la ciudad, y resultó que era la primera vez que tocaban juntos. Tocaron Porta Romana bella, Porta Romana a ritmo de samba. Jamás he oído nada más desafinado, pero fue la música más hermosa que Franca y yo hayamos escuchado nunca.


Créanme, este premio es para los dos.